La gran familia
*Por juan Bautista Alberdinangus
Hola, hola!!!!!!! ¿Cómo están? ¿Me extrañaron???
Bueno, sí. Debo confesarles que me costó volver. Durante las fiestas muchos me pedían una nota, pero se olvidan de un pequeño detalle: soy un grinch (repito, un grinch, no ese oso de mierda azul como dijo mi amigo “Torta Frita” que pusieron en una plazoleta de esta aldea cuando todo se prendía fuego).
Detesto los fuegos artificiales, las celebraciones obligatorias y, sobre todo, las fiestas armadas. Porque uno llega a esas fiestas y todo parece perfecto: luces, música, discursos, gente brindando. Pero si se queda un rato más empieza a notar algo raro. Los invitados se conocen demasiado. Los chistes son internos. Las decisiones se toman entre los mismos de siempre.
En otras palabras: no es una fiesta, es una reunión de familia.
Algo muy parecido a lo que ocurre en el Palacio de la Risa. No me cree?????
Una gran familia.
Sí. El Palacio de la Risa es una gran familia. Una familia organizada. Y en estos días nos regaló —como si hiciera falta— un nuevo espectáculo digno de temporada alta. Nada demasiado sofisticado: una cámara oculta, una bolsa con dinero, algunos personajes vinculados a los más altos popes y una conversación donde alguien explica, con absoluta naturalidad, que “ahí están los doce”.

Doce. Ni diez. Ni quince. Doce. Un número curioso. Prolijo. Casi institucional. Como si fuera una cifra conocida en los pasillos del Palacio. Como si formara parte de esas tradiciones que no están escritas en ningún código, pero que todos parecen conocer.
Pero lo verdaderamente interesante de la escena no es la bolsa ni el número. Es el árbol genealógico.
Porque cuando uno empieza a mirar con un poco más de atención descubre que el asunto no ocurre entre desconocidos. No señor. Ocurre dentro de ese universo compacto donde todos se conocen, se frecuentan y, sobre todo, se emparentan.
De un lado aparece un abogado que habla con la tranquilidad de quien está acostumbrado a estas conversaciones. Del otro lado, una mujer que entrega el dinero pero que, curiosamente, pide un comprobante. No por obsesión contable, sino porque no estaba del todo segura de que el acuerdo se fuera a cumplir.
Un gesto prudente. En cualquier operación importante siempre conviene tener recibo. Y máxime si intervienen emperadores o gente vinculada a ellos…
Aunque, pensándolo bien, hay algo extraño en todo esto. Porque incluso en las organizaciones menos republicanas del planeta —las de verdad— suelen existir códigos.
Reglas no escritas. Lealtades. Palabra empeñada. Aquí, en cambio, ni siquiera eso parece garantizado.
Pero lo verdaderamente pintoresco llega cuando empiezan a aparecer los vínculos. Porque la supuesta negociación que se menciona en el video que circula por toda la provincia involucraría a una fiscal del propio sistema. Y no sólo eso. Según surge del propio diálogo, también a un abogado que, casualmente, resulta ser familiar directo de uno de los jefes máximos del Ministerio Público.
Chan!!!!!!
De qué te asombrás, Alberdinangus?
“¿De qué te asombrás, Alberdinangus?”, me preguntó mi amigo abogado mientras abría Facebook como loco para ver y rever el video.
“Si lo único que falta en esta provincia —siguió— es que cuando estés pagando la luz o el gas aparezca de atrás un emperador (o un secuaz o un esbirro), te meta un manotazo y te saque el canuto”.
Después se quedó un segundo en silencio, mirando la pantalla.
“Bah… pensándolo bien —agregó—, capaz que ya pasa más sutilmente. Estos hasta son capaces de manotear la propina de las mesas de un bar de mala muerte. Lo único nuevo es que ahora quedó filmado”.
Bien o mal, cierto o no, la verdad es que en este último tiempo se está destapando todo. O mucho. Estamos viendo —quizás por primera vez con tanta claridad— cómo actúan muchos de estos semidioses del Palacio de la Risa. Cómo se mueven, cómo hablan, cómo negocian. Cómo la corrupción toma mate en la región, sentada en la mesa de todos los días, sin esconderse demasiado y sin el menor desparpajo.
Y lo más notable de todo no es que ocurra. Lo más notable es la naturalidad.
Mientras tanto, alrededor, ocurre el ritual más antiguo del poder: todos miran para otro lado. Algunos se hacen los sorprendidos. Otros dicen que hay que “esperar que investigue la justicia”. Y unos cuantos, directamente, los más, fingen que no vieron nada.
De confirmarse…
Pero no es tan así, en realidad.
Porque la Asociación de Emperadores, rápida y furiosa, emitió un comunicado en el que advirtió sobre la gravedad institucional de las imágenes que circulan en redes y reclamó que el Poder Judicial —no ya “la justicia”, que es otra cosa— esclarezca los hechos con celeridad.
“…De confirmarse su autenticidad —dijeron— podrían revelar la comisión de graves delitos contra la administración pública y comprometer a integrantes de distintos poderes del Estado”.
Ahora se preocupan.
Ahora se escandalizan.
Lástima que no lo hayan hecho también con aquella investigación que terminó con la suspensión de su propio presidente. En ese momento no hubo comunicados solemnes ni alarmas institucionales. Hasta hoy tampoco.

Ni una línea. Ni un comentario.
Es más: en los pasillos del Palacio de la Risa se murmura que alguna autoridad de la propia asociación estaría ayudando en su defensa y brindando cierta protección.
Quién sabe.
Tal vez se trate de solidaridad corporativa.
O tal vez —dicen las malas lenguas— de intereses personales o familiares que cuidar.
Igual, la gente no los perdonó.
Alcanza con leer los comentarios en redes para entender algo muy simple: nadie les cree.
El que más me gustó decía así:
“¿De confirmarse? ¿Es en serio? ¿Ahora van a salir con todas esas estrategias y repartos?”
A veces la gente no necesita editoriales. Con un comentario alcanza.
Pobre Adorni….
Pero dejemos de lado esas minucias y chismeríos.
Porque mientras en Buenos Aires discuten si un funcionario hizo bien o mal en subirse a un avión rumbo a Nueva York con su esposa, acá, en nuestra querida provincia, ya hemos visto cosas bastante parecidas…
Por ejemplo, fiscales que viajaron a “deslomarse” a la costa oeste de Estados Unidos para estudiar cómo funcionan los juicios por jurados.

Una tarea sacrificada, sin dudas.
San Francisco, Los Ángeles… esas ciudades durísimas donde uno tiene que caminar mucho, mirar tribunales y, si queda tiempo, contemplar el Pacífico.
Todo, claro, con la nuestra.
Así que sí.
Mientras algunos discuten escándalos a nueve mil kilómetros de distancia, en el Palacio de la Risa seguimos acumulando historias propias.
Historias que no necesitan guionistas, ni productores, ni efectos especiales.
Porque en esta provincia —como ya dijimos— la realidad supera a lo que ocurre en Buenos Aires. Somos adelantados.
Pero no se preocupen.
De estas excursiones académicas, de cómo se “trabaja” tan duro en la costa oeste y de algunos detalles más del Palacio… hablaremos en alguna de nuestras próximas notas…
Claro.
Si todavía estamos…



























