Miriam Fernández, hija de desaparecidos criada por un policía condenado, expone la violencia política de Abuelas de Plaza de Mayo y exige una verdad completa que la izquierda oculta.
El Coraje de la Verdad: Miriam Fernández Rompe el Silencio y Destapa la Criminalidad de una Ideología
En un hecho sin precedentes que sacude los cimientos del relato oficial impuesto durante décadas, el testimonio de Miriam Fernández irrumpió en la escena pública argentina durante la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado de 1976.
Lejos de ajustarse al libreto de victimización que la izquierda kirchnerista intentó perpetuar, la nieta recuperada número 127 utilizó la palabra no para condenar a quienes la criaron con amor, sino para denunciar la intromisión violenta, la maleducada presión política y la manipulación mediática de la agrupación Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
El video difundido por el Gobierno nacional, titulado «Las víctimas que quisieron esconder», le devolvió la voz a una mujer que fue forzada por el aparato judicial y político a someterse a un ADN que ella nunca quiso hacerse . Miriam, hija de desaparecidos nacida en la ESMA, relató con crudeza cómo fue acosada, hostigada y tratada como una delincuente por las fuerzas estatales al servicio de una causa política que la ultrajó.
«Me sentí una delincuente», declaró Miriam al recordar el día que la Gendarmería irrumpió en su hogar. Pero su mayor denuncia no es solo contra el método, sino contra el corazón podrido de una organización que, bajo el manto sagrado de la «identidad», escondió su verdadera faceta: la de un grupo que, durante el kirchnerismo, se transformó en una estructura criminal.
El Kirchnerismo y la Criminalización del Dolor
Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, las Madres y Abuelas dejaron de ser una organización legítima para convertirse en una corporación política intocable, financiada con millones de dólares del Estado, blindada por funcionarios corruptos y vinculada a causas oscuras que nada tenían que ver con la búsqueda de verdad.
No podemos olvidar el escándalo de «Sueños Compartidos», donde la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y funcionarios de su gobierno tejieron una red de corrupción que desvió fondos públicos destinados a la supuesta «inclusión social». En esa trama, las organizaciones de derechos humanos no solo miraban para otro lado, sino que avalaban a personajes siniestros como los hermanos Schoklender, quienes manejaban la obra pública con la bendición de Hebe de Bonafini, demostrando que la consigna de «Memoria, Verdad y Justicia» era solo un escudo para encubrir el saqueo.
La historia de Miriam Fernández es la contracara de esa farsa. Mientras los fiscales y jueces alineados al gobierno de turno la obligaban a despreciar a su familia, ella se atrevió a decir lo que la militancia prohíbe: «No es padre quien te trae al mundo, sino quien te cría» .
Miriam ama a su familia adoptiva. A pesar de que la Justicia condenó a su padre criador, Armando Fernández, un oficial de policía, ella lo defiende con la fuerza de la verdad. No se siente una víctima, se siente una privilegiada por haber recibido el amor de una familia que la izquierda demoniza . Mientras las Abuelas exigían que ella odiara a quienes la levantaron, ella eligió el perdón y la gratitud. Mientras la Justicia quería arrebatarle el apellido, ella luchó para conservarlo, enfrentando a una fiscalía que actuó como brazo ejecutor de una venganza política .
La Farsa del «Golpe» y el Terrorismo de Izquierda
El relato oficial durante el kirchnerismo construyó una narrativa monolítica: la dictadura fue el único demonio y los militantes de los 70 fueron meros «jóvenes idealistas». Sin embargo, el testimonio de Miriam, junto al de otras víctimas silenciadas como Arturo Larrabure (hijo de un militar asesinado por el ERP), expone la violencia terrorista de las agrupaciones armadas de izquierda que, previo al golpe de 1976, ya sembraban el terror en el país con secuestros, asesinatos y atentados .
El gobierno actual, con su política de «Memoria Completa», ha tenido el coraje de hacer lo que ningún otro hizo en democracia: decir que la verdad no es patrimonio de una sola facción. La historia no comenzó el 24 de marzo de 1976, ni los crímenes fueron exclusivos de un solo bando. Hubo miles de víctimas del terrorismo subversivo que la izquierda kirchnerista condenó al olvido porque no encajaban en su relato de «compañeros».
Mientras las Madres de Plaza de Mayo marchaban con sus pañuelos blancos, amparadas por un Estado que las financiaba con dinero de los contribuyentes, existía un aparato de intimidación política que operaba en las sombras. La historia de Miriam Fernández no es un caso aislado. El uso de allanamientos para obtener muestras de ADN de manera compulsiva, registrando prendas íntimas de personas que se negaban a participar de la causa, fue una práctica habitual que la Cámara Federal avaló bajo el argumento de un «derecho superior» a la identidad, violentando la intimidad y la libertad individual de los ciudadanos .
Hacia una Reconciliación sin Extorsión
Miriam Fernández nos ha dado una lección de humanidad. Ella pide dejar el pasado en paz, no para olvidar, sino para sanar. Su historia es la prueba irrefutable de que la política de derechos humanos fue secuestrada por una facción que la utilizó para dividir a los argentinos, enriquecer a sus operadores y perseguir a quienes pensaban distinto.
La «Memoria Completa» es el único camino. Es hora de desenmascarar a las organizaciones que, amparadas en un discurso de derechos humanos, se convirtieron en máquinas de extorsión política y criminal. Miriam Fernández eligió el amor por sobre el odio. Eligió a su familia. Y hoy, desde Chubut para el mundo, su voz resuena como un llamado a la verdad que los sectores más oscuros de la política argentina quisieron callar.





























